Historia del Santo Cáliz de la Cena

LO QUE NOS DICE LA TRADICIÓN

Una tradición constante e ininterrumpida, confirmada desde los primeros tiempos por un documento de primera magnitud, El canon de la Santa Misa, y conservado en Roma con la positiva aprobación de los primeros Papas por espacio de dos siglos, afirma y sostiene la autenticidad de tan estimable joya. A partir del Papa Sixto II y el martirio de San Lorenzo, va haciéndose esta afirmación más segura y solemnemente autorizada, sobre todo en el reino de Aragón y, especialmente, en los Obispados de Huesca y Jaca, hasta adentrarse de modo definitivo en el plano de lo histórico, con documentación ya plena y formalmente garantizada.

La familia de San Marcos, el segundo evangelista (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) era rica y tenía un molino de aceite en el lugar de Getsemaní, donde Jesús realizó la Oración del Huerto. En su patrimonio disponían de una casa en Jerusalén, según autores propiedad de Chusa procurador y tesorero de Herodes Antipas (Lucas VIII, 3) y esposo de Juana una de las piadosas mujeres que acompañaban al Maestro. Chusa podía ofrecer lugar seguro al Maestro para celebrar la Pascua, con sus discípulos, acechados por los judíos. Allí celebró el Maestro la Ultima Cena y se le llama el Cenáculo, nombre que ha perdurado a través del tiempo. Dicen los Hechos de los Apóstoles (12:12) que se reúnan casi siempre en el Cenáculo y lo hacían con bastante frecuencia.

El Cenáculo, habitación de 15,5 por 9,5 ms. aprox. pasó a pertenecer a una mezquita durante siglos, pues los musulmanes tenían especial interés en convertir en mezquitas los importantes lugares cristianos de la época. Hoy no les pertenece, pues pasó a manos del estado de Israel y en su planta baja se ha instalado el museo del Holocausto nazi.

Al comunicar Jesús el deseo de celebrar allí la última cena, la familia de Chuso dispuso de su mejor vajilla y vasos. En la época los vasos no eran de oro ni de plata, sino de piedras preciosas, costumbre que perduró en los griegos y romanos por mucho tiempo en las celebraciones lujosas y hoy perduran en los museos y colecciones vasos de piedra. Este detalle ya lo mencionó Plinio en sus escritos. Es sabido que la copa del Santo Cáliz es de ágata, que es lo primitivo, pues las asas y el pie que son de orfebrería posterior.

Ello nos dice que la preciosa Copa perteneció a familia de alta alcurnia, ya que su riqueza y finura denotan una categoría artística y material superior a la de los toscos vasos de vidrio, madera o barro usados entonces por la gente vulgar. La familia de Chuso era acomodada, poseía una suntuosa vivienda y sirvientas, y ofreció al Maestro su mejor vaso, con los demás utensilios para la cena.

Tras la muerte del Señor, es lógico pensar quedara la Sagrada Copa bajo la custodia de la Santísima Virgen junto con la Sábana Santa, la corona de espinas, los clavos de la crucifixión y la lanza, y que San Juan, el discípulo amado y custodio de María, usara la Copa para celebrar el Santo Sacrificio de la misa ante ella.

Siuri, Obispo de Córdoba, y Sales que lo cita, entre otros historiadores, opinan que a la muerte de la Santísima Virgen y separados los Discípulos para anunciar la Buena Nueva a todas las Naciones, se repartieron las reliquias entre ellos y debió hacerse cargo de la Copa San Pedro, elegido por Jesús como cabeza visible de la Iglesia. San Marcos acompañó a San Pedro a Roma a predicar el Evangelio. Es lógico que se llevara consigo la copa de su familia, que utilizó el Señor en la Última Cena, para que en ella consagrara San Pedro al decir misa en sus principios y así debió quedar vinculada a los Papas siguientes.

Después del Concilio Vaticano II hubo varias fórmulas para celebrar el canon de la misa, unas más largas y otras más cortas. Hasta el Concilio Vaticano II solo existió una fórmula: la del Canon Romano que se conserva inalterable desde los tiempos apostólicos y dice “El Señor Jesús, tomando en sus santas y venerables manos ESTE CÁLIZ…. ”. Cuando se dice “este cáliz” no se piensa en un cáliz cualquiera, San Pedro decía “este cáliz” porque era el mismo que había utilizado el Señor en la Última Cena, parece una clara alusión al Cáliz de la Cena.

Consta por la historia que en Roma había un cáliz, llamado el “cáliz papal”, porque con él solo decía misa el Papa, pues era el mismo cáliz que había utilizado el Señor en la Última Cena.

Tras dos siglos de permanencia en Roma, advino una época de gran violencia, que superó a otras anteriores, promovida por la persecución de los emperadores Valeriano y Galieno. El imperio romano se ahogará en su impotencia económica, y las riquezas de los cristianos que según sus perseguidores imaginaban debían ser fabulosas, podían constituir un buen remedio. Se promulgó un edicto que apareció en el año 257 y se reiteró en el 258. Los secuaces de Valeriano se dedicaron al pillaje de las limosnas cristianas, llegando en su afán de lucro a allanar hasta las Catacumbas, protegidas por la legislación romana. Encarcelado y condenado a muerte el Papa Sixto II por negarse a entregar al Emperador los objetos de valor que le quedaban a la Iglesia, todavía halló medio, antes de su martirio, de ordenarle a su fiel diácono y tesorero Lorenzo, español y aragonés de Jaca, que distribuyera estos bienes inmediatamente entre los pobres, lo que así hizo el fiel diácono, a excepción del Santo Cáliz, que en un fervoroso y sin duda inspirado deseo de salvar a toda costa el peligro que corría en Roma, enviaba dos días antes de su propio martirio, con un soldado del ejército romano paisano suyo, que volvía a Jaca de permiso, acompañado de una carta de remisión en la que ordenaba fuera entregado en Huesca su ciudad natal, a sus padres, Orencio y Paciencia, que a la sazón vivan en su casa y posesión de Loret, hoy Iglesia de Loreto, a extramuros de Huesca. La carta es conocida, y a su texto se refiere el pergamino nº 136 de la colección Martín el Humano del Archivo de la Corona de Aragón en Barcelona, en la actualidad, pues el original desapareció en el transcurso de los tiempos. También se conoce el cuadro de la basílica romana de San Lorenzo-extramuros en las afueras de Roma, en el que está San Lorenzo entregando un cáliz a un soldado que lo recibe de rodillas.

En Huesca se afirmaba, entre los cristianos oscenses, la veneración que merecía tan insigne reliquia, en proporciones verdaderamente profundas, si bien teniendo que salvar épocas de persecución y peligros que imponían la ocultación y el secreto. Durante la invasión musulmana este Cáliz se escondió en el Pirineo aragonés, por eso los caballeros medievales no sabían dónde estaba y lo buscaban por el mundo, creando la famosa “Búsqueda del Santo Grial” manuscrito 527 de la Biblioteca Municipal de Dijon (Francia), que es uno de los más hermosos, gracias a sus 49 miniaturas, a su cuidada letra cursiva y a la calidad de cada uno de sus folios.

Poco más de 200 años había permanecido en Roma y 450 en Huesca cuando en el año 711 tenía lugar la invasión árabe de España. Un año después, el Obispo de Huesca , Acisclo, ante el arrollador avance de los invasores, abandona con su clero la ciudad de Huesca, siguiendo a los nobles, guerreros y pueblos que no querían caer bajo el yugo musulmán, llevando consigo cuanto de más precioso encerraban sus iglesias y, sobre todo, el Sagrado Cáliz de la Cena del Señor, continuando su repliegue poco a poco, en sucesivas etapas, por los más ocultos caminos de las montañas del Norte, hasta llegar secretamente a una cueva llamada de San Juan Bautista, a nueve leguas de la ciudad, cenobio rodeado de misterioso culto e inspirador de leyendas, que iba a ser fiel guardián durante cuatrocientos años de la estimada reliquia.

Este es el lugar recóndito, maravilloso y seguro por su fragosidad y alejamiento de los territorios todavía en lucha con los árabes, se construyó al abrigo de una enorme roca, un emplazamiento que, por dificultoso, resultaba muy seguro ante la amenaza musulmana, donde durante más de dos siglos y medio continúa la Sagrada Reliquia, ahora ya bajo la custodia de los monjes cluniacenses en el Monasterio de San Juan de la Peña fundado en el siglo XII.

La fundación de este monasterio se encuentra a caballo entre el mito y la realidad. Se cuenta que dos hermanos eremitas fueron los primeros en establecerse en este lugar buscando el sosiego y la paz. San Voto y San Felix encontraron el cuerpo incorrupto del también eremita Juan de Atares una vez encomendados a San Juan Bautista como consecuencia de una caída de Voto tras una cacería. Tras la muerte de estos dos eremitas Voto y Félix, los también hermanos Marcelo y Benedicto se asentaron en San Juan de la Peña, fundando la primera comunidad monacal. Este lugar tuvo el singular afecto y protección de los reyes de Aragón, todo ello realzado por las virtudes de los Santos y la fama de los héroes, cuyos venerables restos vendrán a reposar en los panteones del monasterio, como perenne guardia de honor del Sagrado Vaso, hasta que, en 1399, Benedicto XIII – el Papa Luna, Don Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor, elegido Papa en Aviñón el 28 de septiembre de 1394 aprueba la concesión al rey Martín el Humano, de la custodia del Santo Cáliz. El Papa Luna, Benedicto XIII, fijó su residencia en el castillo de Pescola y desde allí dictó órdenes y confió la custodia del Santo Cáliz al Rey de Aragón Martín I el Humano, tras cinco años de pontificado.

 

 

LO QUE NOS AFIRMA LA HISTORIA.

Existe una referencia del canónigo de Zaragoza don Juan Agustín Carreras Ramírez, quien en su Vida de San Lorenzo, t. I, p. 101, afirma la existencia de un supuesto Auto de 14 de diciembre de 1134, según el cual se decía en latín que En un arca de marfil está el Cáliz en que Cristo Nuestro Señor consagró su Sangre, el cual envió San Lorenzo a su Patria, Huesca. éste sería ciertamente el primer documento con valor histórico; pero pierde esta validez al no haber podido ser hallado.

De aquí que sea en 26 de septiembre de 1399 el momento en que se inicia de modo indiscutible la plena historia documentada del Santo Cáliz, cuando el Rey Martín el Humano, el mismo que motivara el Compromiso de Caspe al morir sin sucesión, al recordar, poco después de coronado, que en el Monasterio de San Juan de la Peña se conservaba el Santo Cáliz del Señor, llevado de su gran piedad y devoción a las reliquias, entró en deseos de poseer tan preciada joya. Hecha la petición a los monjes del Monasterio, resolvieron éstos por unanimidad satisfacer el piadoso deseo del Rey. Así lo hicieron, con otorgamiento de la correspondiente escritura pública que lleva la fecha arriba indicada, recibiendo por su parte, del agradecido monarca, el espléndido regalo de otro valioso cáliz, éste de oro, que por cierto desapareció, fundido, en el incendio que el 17 de noviembre de 1494 sufriera San Juan de la Peña. Esta donación fue avalada por el entonces Papa Luna Benedicto XIII.

El Santo Cáliz pasó entonces a ser venerado en la Capilla del Real Palacio de la Aljafería, en Zaragoza, como joya integrante de los tesoros y reliquias de la Capilla Real propiedad de los monarcas de la Corona de Aragón, hasta que veintitrés años después, al decidir el Rey Don Martín I trasladar su residencia a Barcelona, en donde murió, llevó consigo las reliquias de que era poseedor y con ellas el Santo Cáliz, como se desprende de la lectura del Inventario de bienes que a poco de la muerte del Rey se hiciera, en septiembre de 1410.

Le sucede en el Reino, como resultado de su mayor derecho reconocido en el Compromiso de Caspe, su sobrino, Don Fernando de Antequera, a quien le sigue su hijo Alfonso V el Magnánimo. Muy amante éste de Valencia, realizó en ella espléndidas obras de reconstrucción, como las llevadas a cabo en la Casa de la Ciudad, en el convento de Santo Domingo la primorosa Capilla de los Reyes; reformó y embelleció notablemente los salones y jardines del Palacio Real situado entonces donde hoy se alzan las llamadas montañitas de Elío, restos de aquel, en los jardines llamados por su origen del Real (o Viveros municipales)-, al que hizo trasladar también magníficas obras de arte; trofeos obtenidos en sus campañas victoriosas, como las cadenas del puerto de Marsella, que rompiera en audaz aventura marinera, y gran número de reliquias, entre las que figuraba en lugar destacado el Santo Cáliz de la Cena del Señor.

Más adelante, por razón de sus ausencias, y con el propósito de garantizar una mayor seguridad, depositó el cuerpo de San Luis, obispo de Tolosa, juntamente con otras reliquias y alhajas en la Catedral valenciana. Poco después, ante una nueva ausencia motivada por nuevas campañas, hizo hacer depósito de las restantes reliquias que le quedaban, delegando su custodia y conservación en mosén Antonio Sanz, canónigo y pavorde de la Catedral de Valencia y capellán mayor de la capilla del Real Palacio.

Y así llegamos al 18 de marzo de 1437, en que a la muerte del mencionado mosé         n Antonio Sanz, el muy alto Señor don Juan, Rey de Navarra, Gobernador a la sazón de Valencia y lugarteniente de su hermano Alfonso, ordena, en nombre del rey Magnánimo, que se hiciera donación definitiva de joyas y reliquias al Cabildo catedralicio de Valencia, lo que así se hizo, mediante la redacción del correspondiente documento público que formalizaba la entrega de la donación e inventariaba el contenido de la misma, firmando Don Pedro de Anglesola, por parte del Rey, y don Jaime de Monfort por parte del honorable Cabildo, ambos notarios públicos.

En dicho documento, entre la relación de las diversas joyas y reliquias donadas, se lee: “Item lo cólzer on Jesucrist, consagró lo sanguis lo dijous de la cena, fet ab dues anses d’or ab lo peu de la color que lo dit cólzer és guarnit, a l’entorn d’or ab dos balaix e dos maragdes en lo peu e ab vint-i-uit perles conjuents de grux d’un pèsol entorn del peu del dit cólzer” (Notal de Jaime Monfort, vol. 3.532).

A partir de esta fecha continúa el Santo Cáliz ininterrumpidamente en la Catedral de Valencia hasta el mes de marzo de 1809, en que, con motivo de la invasión francesa y consiguiente iniciación de la Guerra de la Independencia, inicia un movido peregrinaje que le permite quedar a salvo de la rapacidad y los desmanes de las tropas napoleónicas.

l 18 de marzo de 1809 es trasladado a Alicante y regresa a Valencia a fines de Enero de 1810.

En Marzo es llevado a Ibiza, siempre por motivo de seguridad.

En Febrero de 1812 pasa de Ibiza a Palma de Mallorca y en septiembre de 1813 regresa a la Catedral de Valencia y se redacta el últimi inventario de este período, en el que, con el número 29, se lee:  “La caxa de plata que contiene el Santo Cáliz de la Cena”, donde es venerado ininterrumpidamente, primero en la Capilla de las Reliquias (ábside de la Sala Capitular), y a partir de 1916 en el Aula Capitular Antigua (actual Capilla del Santo Cáliz), construida a mediados del siglo XIV para Aula de Estudios y Sala Capitular. Es una cámara de trece metros en cuadro por dieciséis de altura, paredes desnudas de adornos, que se elevan hasta servir de asiento a doce ménsulas, de donde arrancan otros tantos arcos ojivales que se entrelazan en la bóveda y producen la emoción del verdadero arte gótico en su primitiva belleza. La Sala se destinó a Cátedra de Teología y se dice que allí enseñó San Vicente Ferrer y se celebraron Cortes del Reino y Sínodos de la Iglesia Valentina.

El 21 de Julio de 1936, al comenzar la guerra civil, es salvado del saqueo e incendio por los canónigos Elías Olmos Canalda y Juan Sanchermés, el Capellán Juan Colomina y el mozo de la Catedral José Folch, que envuelto en papel de seda y disimulado con un periódico, lo sacan de la Catedral mientras son incendiados los templos de San Valero, San Martín, San Bartolomé, San Agustín y otros, y auxiliados por María Sabina Suey Vanaclocha, consigue llegar a su casa de calle Avellanas, 3, 3º donde lo esconde. Tres horas más tarde la muchedumbre irrumpe en la Catedral e incendian bancos, confesionarios, el sagrario, frontales de tapicería valenciana del siglo XVI, el Arca del Monumento, los frontales de Rocaberti y Ximenez del Rio, la casulla con que Calixto III canonizó a San Vicente Ferrer y todos los objetos de valor que encontraron. Dicen que un conocido masón dijo tener una pista y que si no era entregado a las autoridades la familia sería condenada a muerte y ejecutada. La familia sufrió un registro y por estar en un cajón de un armario ropero se salvó. En vista de ello, Don Elías Olmos propuso fuera colocado en el hueco inferior del cajón, donde lo acomodaron, con unas tablas convenientemente pintadas del color del mueble, operación realizada por José Cortés Díaz y su hijo Salvador, martirizado semanas más tarde por las hordas. Tras varios registros donde llegaron a centímetros del Santo Cáliz y salvarse la Srta. Suey de ser asesinada allí mismo, se decidió trasladarlo al domicilio del hermano de María Sabina: Adolfo, en la calle Pelayo num. 7, pral. y allí se ocultó la reliquia entre los muelles de un sofá primero y la hornacina de la cocina después, cubierta con un tabique, por Bernardo Primo Alufre, natural de Carlet. Tras un intento de efectuar una obra de albañilería en la casa por parte de unos extraños, María Sabina y su hermana Nativa, lo trasladaron a Carlet pueblo natal de la familia, y a casa del referido Bernardo Primo y su esposa Lidia Navasquillo, era el 20 de junio de 1937 fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Francisco Bosch y Navarro, Notario de Valencia, con el afán de salvar al Santo Cáliz y a su protector Don Elías Olmos, consiguió enviar un hidroavión a la playa de la Malvarrosa para llevarlo a la zona nacional, pero una inoportuna borrasca, hizo que el hidroavión tuviera que despegar y anular el intento de salvar al Santo Cáliz. ¿La Providencia no dejó que el Santo Cáliz abandonara Valencia?

El 30 de marzo de 1939, día siguiente de la liberación de Valencia, se descubrió la caja de cinc que contenía el Santo Cáliz y se entregó a la Junta de Recuperación del Tesoro Artístico Nacional integrada por los Sres. Don Costantino Ballester y Julve, Don José Mª Ibarra Folgado, Don José Mª Muguruza y por Don Luis Monreal, en presencia de vecinos de Carlet. El Santo Cáliz ya en Valencia fue a parar al taller del artista Jesús Sugrañes Carceller, para su limpieza. El 9 de abril, fiesta del Jueves Santo, fue entregado oficialmente por el General en Jefe del Cuerpo de Ejército de Galicia, libertador de Valencia, Excmo. Sr. Don Antonio Aranda y Mata al Excelentísimo Cabildo Metropolitano, en el Palacio de la Lonja, donde quedó expuesto, ya que la Catedral estaba saqueada, profanada y destruida. Días después pasó al oratorio del Arzobispo Don Prudencio Melo y Alcalde hasta su definitivo traslado a la Catedral el 9 de Julio de 1939.

Para restaurar la Capilla del Santo Cáliz fue depositado éste en el relicario de la Catedral, donde se le veneró hasta el 23 de mayo de 1943, en que, después de una espléndida función religiosa, oficiada por el Arzobispo Doctor Melo y predicada por Monseñor Laucirica, fue trasladado en procesión a la plaza de la Virgen y colocado en un altar, desde donde el entonces Alcalde de Valencia, D. Joaquín Manglano y Cucaló de Montull, Barón de Cárcer, (presidente de nuestra Real Hermandad por aquel entonces), consagró Valencia al Santo Cáliz. Desde allí fue en procesión a su Capilla restaurada con delicadeza y arte, para tributarle culto de latría. Las varas del palio fueron portadas por Caballeros de nuestra Real Hermandad del Santo Cáliz.

En 1959 recorre tierras aragonesas con motivo de la celebración de las fiesta conmemorativas del siglo XVII centenario de la llegada a España de la Sagrada Reliquia, y en la que vino a seguir, en ruta peregrina, los mismos lugares que en el pasado recorriera en su trayectoria histórica, mereciendo destacar la jornada del 29 de junio a su paso por San Juan de la Peña, la Covadonga Pirenaica, en que el Santo Grial volvió a reposar y recibir los sentimientos de veneración y homenaje de las más altas autoridades civiles y eclesiásticas de España y en especial de los antiguos reinos de Aragón y Valencia, así como de peregrinos y fieles llegados de todas partes para escuchar los acordes del “Parsifal”, interpretados por los Orfeones Donostiarra y Oscense y por la Coral infantil “Juan Bautista Comes” , de Valencia, haciéndose famosa la frase de una alta jerarquía eclesiástica que dijo: “Los actos en honor del Santo Cáliz han revestido tal grandeza como pedía la hidalguía de Aragón”. El 5 de Julio entra en Valencia entre el fervor y emoción de la gente.

Una penúltima y justa salida tuvo lugar en noviembre de 1964 a Carlet, donde estuvo escondido durante la guerra civil, para presidir la clausura de la Santa Misión que, durante quince días, había venido celebrándose en aquella población y como visita de retorno, veinticinco años después de que fuera devuelta a Valencia tras su ocultamiento.

Para conmemorar el IX centenario del fallecimiento del Rey Sancho Ramírez, II Rey de Aragón, enterrado en el Monasterio de San Juan de la Peña, tuvo lugar la última salida, el 18 de julio de 1994, hacia dicho Monasterio y ciudad de Huesca, donde fue acompañado en todo momento por Damas y Caballeros de nuestra Real Hermandad. El viaje fue un continuo rosario de fervor apoteósico, con sones de campanas, músicas, cantos eucarísticos, celebraciones religiosas, aplausos, vivas, emoción en las almas, lágrimas en los ojos…….Con su retorno a Valencia se cerraba una de las páginas más gozosas escritas en los anales de la historia religiosa de Valencia.

Y la historia del Santo Cáliz continúa. Pero es ahora una historia que nos habla de fe y de amor; de la realidad de un mundo presente prendido en la certeza del Misterio iniciado hace veinte siglos en el Cenáculo de Jerusalén, de una historia con sublimes resonancias wagnerianas de místico arrobamiento que armoniza plenamente en el sobrio conjunto de la Capilla, con la piadosa y admirativa veneración del pueblo creyente ante la más insigne y conmovedora reliquia eucarística conservada por la Humanidad; de una historia, en fin, escrita con las líneas severas de una liturgia y un culto perpetuado a través de los siglos en Valencia con gran resonancia y continuidad en la Capital Madrid.

El culto al Santo Cáliz, iniciado por el Papa Sixto II, continúa con Martín el Humano, también llamado el Piadoso, que afirmaba: “Con el Santo Cáliz acostumbraron a consagrar los Abades, priores y presbíteros del Monasterio de San Juan de la Peña”. Y a partir de 1437, cuando se deposita en la Sacristía de la Catedral de Valencia es cuando comienza a tener verdadero culto, al ser venerado los jueves y viernes Santos, en que servía de Cáliz para reservar la Sagrada Forma en el Monumento. En una de estas ocasiones sufrió una rotura que fue reparada, pero a partir de ese momento el Cabildo valenciano optó por no usar el Santo Cáliz en los actos de la Semana Santa, pero el culto incluso se incrementó, y hubo muchos devotos que dejaron dádivas destacando una de 22.000 libras que data del año 1608. Intervienen insignes arzobispos como San Juan de Ribera y Fray Isidoro de Aliaga, instituyendo la fiesta del Santo Cáliz, que consistió en primeras y segundas vísperas. Misa, Sermón y dos procesiones, una por la mañana por el interior de la Iglesia y la otra por la tarde, con la misma solemnidad y recorrido que la del Corpus. Posteriormente decayó la fiesta en tiempos de la Desamortización de Mendizabal y se recobró en 1808 merced al impulso del Arzobispo Don Antonio Monescillo, gran devoto del Santo Cáliz. Pero fue el Deán Don José Navarro Darés el que promovió el que la reliquia fuera expuesta al público para su veneración y que se le dedicara una Capilla, consiguiendo fuera destinada el Aula Capitular a tal fin, siendo trasladada el día de la Epifanía del Señor de 1916, con masiva asistencia de parroquias, autoridades y fieles, a la Sala Capitular Antigua, donde actualmente se halla.

Con el acierto de la nueva instalación se incrementó el culto contribuyendo a ello la creación de la Real Hermandad que aprobó sus Estatutos el 28 de diciembre de 1917. Fueron unos cuantos devotos del Santo Cáliz los que fundaron la Real Hermandad del Santo Cáliz, Cuerpo Colegiado de la Nobleza Titulada valenciana, donde tuvieron acogida, en principio, solamente los títulos domiciliados en el antiguo Reino de Valencia u originarios de la Corona de Aragón, con una rama de Damas y otra de los primogénitos de los títulos legalmente reconocidos. Son famosos los “Jueves del Santo Cáliz”, guardia y culto que se celebra los primeros jueves de cada mes. La celebración de los actos más íntimos y familiares, como bodas, primeras comuniones, etc. para los que el pueblo valenciano escoge esta Capilla, así como la visita casi continua de fieles y visitantes llegados de los más lejanos lugares para venerar el Santo Cáliz.